La inclusión no viene con instrucciones. Familias y escuelas ante el desafío de formar personas con criterio
“Cada alumno cuenta y cuenta por igual”, sostiene la UNESCO. Pero ¿bastan los protocolos y las adecuaciones para lograr una verdadera inclusión, o necesitamos formar personas con criterio?
Un protocolo nos indica qué hacer. El criterio nos ayuda a comprender por qué hacerlo, cuándo y de qué manera.
Podemos cumplir impecablemente un procedimiento y, aun así, no haber mirado verdaderamente a la persona que tenemos delante.
En la Educación Media Técnico-Profesional (EMTP), esta distinción resulta fundamental. Formamos jóvenes para desempeñarse en el mundo laboral, desarrollar competencias y resolver problemas. Pero ¿estamos formando también personas capaces de reconocer las diferencias, trabajar con otros y actuar con justicia cuando nadie les indica qué hacer? Y aquí aparece una pregunta incómoda para muchos docentes y directivos: ¿dónde comienzan a formarse esos criterios?

Mucho antes de llegar a una escuela, nuestros estudiantes ya recibieron numerosas lecciones sobre inclusión. Las aprendieron en casa, escuchando cómo sus padres hablan de otras personas, observando sus reacciones frente a las diferencias o descubriendo qué conductas se toleran y cuáles se cuestionan. Porque los hijos no aprenden solamente de lo que les decimos. Aprenden, sobre todo, de aquello que nos ven hacer. Y algo es inevitable: puede ser que muchas veces no nos escuchen, pero nos observan siempre.
“En casa también se construye inclusión”, recuerda UNICEF. Y esta afirmación nos invita a revisar algo esencial: las familias no necesitan convertirse en especialistas, pero sí reconocer su enorme influencia en la formación de criterios. ¿Cuántas veces pedimos a nuestros hijos que respeten diferencias que nosotros mismos todavía no hemos aprendido a aceptar?
También las escuelas necesitan revisar sus prácticas. ¿Escuchamos realmente a las familias? ¿Comprendemos sus posibilidades y dificultades? Sería una contradicción hablar de inclusión y dejar a las familias afuera. Que no suceda lo que escuché de labios de muchos apoderados: “solo te llaman de la escuela cuando hay problemas con tu hijo”. Justamente esto no es inclusión.
Los talleres de la EMTP ofrecen oportunidades extraordinarias. Allí se aprende que nadie sabe hacerlo todo. Pero reunir estudiantes diversos no garantiza incluirlos. La inclusión exige reconocer barreras, brindar apoyos y generar oportunidades reales de participación.
Howard Gardner afirmó: “Una mala persona no llega nunca a ser buen profesional”. Una frase provocadora que cuestiona nuestra manera de entender el éxito. Podemos formar técnicos brillantes, capaces de manejar tecnologías complejas, pero ¿qué sucede si no saben respetar, escuchar o trabajar con quien es diferente?
Quizás debamos cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos solamente si nuestras escuelas tienen protocolos de inclusión, preguntémonos qué criterios estamos ayudando a construir. Porque la inclusión no viene con instrucciones para cada situación. Necesita personas capaces de decidir con justicia, incluso cuando nadie les dice qué hacer. Y esa formación comienza en casa, se fortalece en la escuela y se pone a prueba durante toda la vida.
Bibliografía
• Guía para asegurar la inclusión y la equidad en la educación. UNESCO (2017).
• Cuando la barrera es el entorno: una mirada inclusiva sobre la discapacidad. UNICEF (2026).
• Buen trabajo: cuando la excelencia y la ética convergen. Howard Gardner, Mihaly Csikszentmihalyi y William Damon (2001).
• Índice de inclusión: desarrollando el aprendizaje y la participación en las escuelas. Tony Booth y Mel Ainscow (2011).
• El cuidado: un enfoque relacional de la ética y la educación moral. Nel Noddings (2013).
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