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Regístrate y accede a la revistaPablo Valenzuela recuerda su época escolar y universitaria y cómo su gusto por el montañismo lo llevó a la fotografía, la cual, a su vez, le ha permitido recorrer Chile y el mundo, buscando la geometría al instante, y también dejar registro del patrimonio cultural y natural del país.
Sobre su etapa escolar, el destacado fotógrafo Pablo Valenzuela cuenta que “fue una bonita etapa, con algunos cambios, pues por razones familiares y de trabajo de mis papás, me tocó estar en tres colegios, lo que implicó adaptarme a un nuevo curso en dos oportunidades”. Señala que recuerda perfecto su primer día de clases en primero básico, “las caminatas de vuelta a la casa (en esa época uno era más independiente y resuelto). Tuve la suerte de ser buen alumno en toda mi etapa escolar, y pude hacer buenas amistades que mantengo hasta hoy”.
-¿Te marcó algún profesor?
-Hay varios profesores de mi etapa escolar que recuerdo con cariño. Tengo muy buenos recuerdos del docente y músico Gilberto Ponce, quien dirigía el coro del colegio. Se me vienen a la memoria su dedicación, amistad y, por cierto, la gran oportunidad que fue haber participado en la “Pasión según San Mateo” en el Teatro Municipal. Imagínate, estar en ese precioso escenario a los 11 años, para mí fue inolvidable.
Y en el atletismo también recuerdo con mucho afecto a Patricio Rossel, gran entrenador, muy dedicado y con quien mantengo contacto hasta hoy. Ambos profesores me marcaron en cuanto a lo importante que es la pasión, la dedicación, el esfuerzo, el método y la perseverancia. Y ambos tenían la cualidad de que el rigor y la disciplina son compatibles con la empatía y el cariño.
En Viña del Mar conocí a Guillermo Valencia, profesor de educación física, con quien formé parte del primer grupo de montañistas del colegio. Tengo muy buenos recuerdos de esas primeras ascensiones en Río Blanco.
-¿Y cuándo comienza el interés por la fotografía?
-Siempre digo que fui primero montañista y luego fotógrafo. Mi pasión por la montaña surgió desde muy chico, soñaba con subir alguna cumbre nevada que veía desde mi casa en Santiago. Para mí era una fascinación saber qué vería allá arriba y también el logro deportivo que significaba.
Durante toda la enseñanza media y buena parte de la universidad, me dediqué a escalar cerros. Nunca fui un gran montañista –no era mi objetivo–, aunque subí el Aconcagua a los 19 años, en una expedición del Club Alemán Andino.
El montañismo me enseñó a apreciar el contacto con la naturaleza, el compañerismo, el esfuerzo, y disfrutar de las cosas simples de la vida. Quise transmitir todo eso a través de un medio que para mí fue la fotografía. Inicialmente subía cerros y adicionalmente tomaba fotografías. Posteriormente, se cambiaron los objetivos, y empecé a subir cerros para tomar fotografías. Eso derivó en nuevos viajes, todo con este objetivo.
Señala Pablo Valenzuela que “los jóvenes requieren una formación integral para conocerse y entender cuál puede ser su aporte en la sociedad”.
"Creo que lo fundamental es generar oportunidades, abrir puertas y dar espacio para que cada uno explore su vocación. En eso es importante el rol de instituciones, profesores y la sociedad entera”.
-Entras a estudiar Ingeniería en la Universidad Católica, ¿por qué? ¿Cómo fue la época universitaria?
-Nunca tuve dudas de entrar a estudiar Ingeniería. Tenía facilidad para las matemáticas, y me gustaba mucho la metodología que todo ello implicaba. Fue una bonita época en que pude compatibilizar los estudios con el montañismo y la fotografía.
Tengo muy buenos recuerdos de esos años en que hacía diaporamas en la Escuela de Ingeniería, e iban muchos amigos y alumnos de distintas facultades del campus San Joaquín. Fueron bonitos años, en los que se vivía la cultura “análoga” en todo sentido. Creo que pasar por la universidad es fundamental y estudiar Ingeniería, aunque sea una carrera árida y difícil, te enseña a abordar problemas y a aprender. Es una buena escuela de vida.
-Luego decides dedicarte a la fotografía, ¿qué te hace tomar esa decisión?
-Fue un proceso gradual de varios años. Cuando salí de la universidad ya había hecho trabajos fotográficos, arrendaba imágenes para revistas, publicaba algunos reportajes, etc. Por eso, al titularme, decidí dedicarme un año a explorar la fotografía, me moví mucho, buscando auspicios y financiando esto con todo tipo de trabajos.
También viajé intensamente por Chile. Me apasionaba la idea de poder dedicarme a la fotografía y en eso estuve un año hasta que me ofrecieron trabajar en el Departamento de Ingeniería de Transporte de la Universidad Católica como investigador. Ahí estuve dos años. Finalmente, el gran profesor y jefe mío, Juan Enrique Coeymans, me dio un consejo muy sabio: o era un buen fotógrafo o un buen ingeniero, pero ambas cosas eran incompatibles, y así opté por dedicarme a lo primero.
-¿Por qué fotografiar Chile principalmente?
-Siempre me ha interesado viajar, es fundamental comenzar por conocer, valorar y cuidar lo propio. Soy un profundo enamorado de Chile y para mí ha sido una gran fuente de inspiración. Creo que a través de una mirada artística puedo contribuir a poner en valor nuestro patrimonio.
Luego de haber viajado más de treinta años por el país –y de trabajar siempre por la valoración de nuestro patrimonio natural y cultural–, esta vez mi mirada se amplía y se enfoca en el exterior. Tras un largo período de viajes, decidí concentrarme en un nuevo objetivo: fotografiar en profundidad algunas ciudades del mundo, con el fin de retratarlas desde un punto de vista distinto y cuyo hilo conductor no fuese lo geográfico, sino la mirada personal bajo el concepto de la geometría del instante.
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