Tapar el sol con un celular

 ·  Por Red Preventiva 
Tapar el sol con un celular

Quizás no resulte novedoso lo que muestran los resultados de PISA 2025. A nivel internacional, la distracción asociada al uso de dispositivos digitales se relaciona con un peor desempeño escolar. En el caso de Chile, el panorama es especialmente preocupante, ya que el país se ubica como el tercero con mayor distracción digital entre los evaluados. Un 48 % de los estudiantes señala que en todas o la mayoría de sus clases de Ciencias los estudiantes se distraen por el uso de recursos digitales, cifra que contrasta con el 28 % del promedio de la OCDE. 

Acorde a lo anterior, no resultan extrañas las respuestas institucionales. Entre 2022 y 2025, la proporción de estudiantes que asiste a establecimientos donde se prohíbe el celular aumentó 25 puntos porcentuales, hasta alcanzar un 59 %, por sobre el promedio de la OCDE. A ello se suma la Ley 21.801, vigente desde marzo de 2026. En materia de prevención, estas medidas son necesarias y contribuyen a visibilizar los riesgos asociados al uso digital. 

Sin embargo, cabe preguntarse si estas medidas no corren el riesgo, como dice el refrán, de “tapar el sol con un dedo”. Por un lado, la prohibición deposita en las escuelas la tarea de regular y fiscalizar, lo que puede estresar aún más a quienes trabajan en ellas, especialmente a los y las docentes. Por otro lado, si casi la mitad de los estudiantes reporta distracción digital frecuente en clases, ¿qué nos dice esa cifra sobre la infancia en Chile? ¿Qué hay detrás de esa conducta? Entre los adversarios más visibles se encuentran las industrias de las redes sociales, las apuestas en línea y los videojuegos, que fomentan conductas adictivas en su público objetivo, compuesto por niños, niñas y adolescentes. No obstante, existe un adversario todavía peor. 

En nuestra experiencia como Red Preventiva hemos compartido con instituciones dedicadas a la prevención, establecimientos educacionales y familias. En sus relatos se observa una realidad más triste para la infancia chilena y, me atrevería a decir, latinoamericana. Muchas veces, cuando un niño o una niña vuelve del colegio, permanece más de una hora solo en casa, sin supervisión y sin la compañía cálida de un adulto. En muchas familias ambos padres o cuidadores trabajan, y la crisis de seguridad que atraviesa el país impide que los niños salgan a la plaza a encontrarse con otros. En esas condiciones, ¿no resulta acaso funcional que pasen la tarde frente a una pantalla? El celular se transforma así en un “chupete digital”, transversal a la niñez y la adolescencia. De este modo, el uso desmedido del dispositivo no aparece únicamente como un problema individual. También es síntoma de la falta de tiempo, espacio y compañía para la infancia. Ese es el gran adversario. 

Por ello, más que limitarse a prohibir, conviene preguntarse por el espacio, en el sentido más amplio de la palabra, que se les permite ocupar a los niños y niñas. Francesco Tonucci lo ha planteado con claridad al advertir que, si los niños no pueden salir de casa, tampoco pueden ser buenos alumnos. Los espacios para la infancia, tanto en lo público como en los hogares, se han ido reduciendo en una época adultocéntrica y de aceleración social, que exige vivir con apremio y posterga el tiempo para los niños y niñas. En este sentido, un uso desmedido del celular puede indicar que algo no está funcionando del todo bien en lo familiar, lo escolar o lo comunitario. Si las causas son compartidas, la responsabilidad también debe serlo y no puede recaer únicamente en la escuela. 

En definitiva, prohibir el celular puede ordenar la sala de clases, pero no devuelve a los niños el tiempo ni el espacio que han perdido. ¿No estaremos, entonces, atacando el síntoma y no la causa?

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